Acércate, que te tiemblen hasta las pestañas

La vida es un juego en el que la banca siempre gana. Solo tenemos una certeza, la de que, en algún momento, el hilo que nos sostiene se cortará sin previo aviso. Por eso, conviene no despistarse por el camino y saborear cada instante con la dulzura de un último beso.
El 1 de octubre de 1998 mi abuela materna, mi iaia, se marchaba de este mundo sin que yo pudiera despedirla. Mi abuelo lo había hecho años antes y tampoco pude darle el último adiós. Él, hombre forjado en la batalla y en la vida, me enseñó a mirar y sentir diferente: una pequeña canica, perdida en la calle, puede ser solo un objeto nostálgico o un amuleto mágico en el que depositar una esperanza. Ella, luchadora y madre coraje, fue refugio en las tormentas, el hombro sobre el que siempre me dormía, la mano que buscaba para no caer. Gracias a ellos soy tal y como me conoces: impulsiva, emocional, curiosa, gruñona, inconformista y, a veces, tan frágil que necesito desaparecer para volver a pegar los fragmentos.
Con el tiempo comprendí que nadie se va del todo si ha grabado en ti huellas bonitas.
Por desgracia, cuando me hice adulta, fui cubriendo algunas de las emociones con capas de protección silenciosa (como te conté el mes pasado). Es más fácil callar y aceptar el daño que enfrentarse y pelear. Si no destacas no tienes que asumir críticas, tampoco alabanzas. Si desconfías de todos, sobre todo de ti, cuando llegue la decepción sabrás a quién castigar, a ti mismo. Por eso escribir me libera, no tengo nada que ocultar, solo lidiar con mi autoexigencia.
Este mes he descubierto lo que es ser un PAS (Persona Altamente Sensible). A grandes rasgos, son personas cuyas emociones y estímulos están a un nivel de captación muy por encima de la media. Como si tuvieran una super antena y pudieran almacenar todas las sensaciones en un baúl que cobrase vida con cada nuevo elemento. Cualquier imagen, sonido o reacción puede estimularles y provocarles enormes subidas hacia el paraíso o bruscas caídas hacia el infierno. Muchas veces se sienten incomprendidos, sobre todo por esa gente que mira la vida a través de la ventana, como si lo que ocurriera fuera no tuviera nada que ver con ellos. Te aseguro que yo preferiría mil veces ser considerada una “intensita” a que la vida me resbalara, como les pasa a otros.
Por suerte, aún queda gente que sigue enganchada a la sangre, al pálpito de una sonrisa y al calor de una caricia.
El pálpito.
Quiero contarte lo que me sucedió en la feria del libro de Murcia. Como escritora, tanto allí como en la feria de Cartagena, me llevé momentos increíbles: anécdotas con lectores que hicieron suya mi presencia, que me regalaron su tiempo, sus vivencias al leerme el año pasado y volver a por más, y hasta detallitos personalizados; los reencuentros con compañeros a los que echaba de menos fueron la guinda del pastel y también encontré oportunidades de seguir creciendo con mis letras en nuevos proyectos literarios. Una experiencia maravillosa que, sin duda, no se podrá equiparar a la lección que me dio un hombre anónimo en Murcia, convertido en un ángel para una chica sin nombre.
La mañana del domingo 12 de octubre yo había quedado con un editor para desayunar. Me levanté con el tiempo justo y mi hotel quedaba a casi quince minutos de la feria. Aceleré el paso mientras miraba la aplicación del móvil para no perderme por las calles. Cuando solo me quedaban cinco minutos para llegar, escuché a alguien que me llamaba angustiado: “¡Ey, perdona! ¡Necesito ayuda! ¿Puedes llamar a la policía?” Un hombre, vestido con ropa de deporte, había cruzado la carretera para detener mi paso. Mi primer pensamiento fue: “Mierda, ahora sí que voy a llegar tarde”. Aun así, pregunté: “¿A la policía? ¿Qué ha pasado?” Entonces, el hombre me señaló el reborde de la pared de enfrente. Allí, inconsciente, había una chica tumbada. Estaba descalza y no tenía ni bolso ni móvil ni ningún documento que acreditase quién era. “Llevo un rato intentando que responda y no lo consigo. He salido a correr y no he cogido el teléfono” —se justificó. Si en ese momento me pinchan, no me sacan ni una gota. “¿Respira?” —pregunté con un hilo de voz, mientras me acercaba a ella. “Sí, miren. El pecho sube y baja” —respondió otra mujer que intentaba coger cobertura. Llamé al 112 y tuve que dar mi número como contacto para esperar a que llegara la policía. Un latigazo de egoísmo me recorrió de nuevo el estómago, llegaba tarde y esto me retrasaría aún más. La reflexión de aquel hombre hizo que se me cayera la cara de vergüenza: “No sé cuánto tiempo llevará así, aunque seguro que no he sido el único que la ha visto. Ha tenido suerte de caer aquí, porque si llega a ser en un parque o en otro lugar más escondido…” —En los edificios de alrededor la gente comenzaba a asomarse de forma tímida— “Parece que a nadie le importa lo que le pase a otros, siempre que no les salpique directamente”. Asentí con las mejillas coloradas. Mi “problema” se solucionó con una disculpa, el de la chica, cuando la policía llegó y esperó a la ambulancia.
La sangre.
No somos superhéroes, no tenemos que ir por la vida salvando el mundo, pero dime: ¿Cuántas veces miramos hacia otro lado? Estos días me ha roto el corazón, como a ti, el caso de Sandra, la niña que sufrió acoso escolar en Sevilla y decidió terminar con su vida. No es un hecho aislado. Cada día hay un niño/a que piensa que sobra, que no podrá continuar, que es mejor marcharse que decepcionar a todos. Y eso me hace preguntarme: ¿Qué pasaría si alguien defendiera hoy a ese/a niño/a que se esconde en el patio de cualquier colegio?, ¿si dejamos de pensar que solo son cosas de niños y empezamos a plantearnos que tenemos un serio problema en las aulas?
Estamos cansados de oír noticias que nos hacen hervir la sangre, sin embargo, no todos reaccionamos igual. Hace un año, comiendo con un amigo, vimos como un grupo de niñatos molestaban a unas palomas, a escasos metros de donde estábamos sentados. Él dejó de comer y, con la mandíbula tensa, me dijo que si no cesaban, se levantaría a hablar con ellos. Yo me puse a temblar, no por lo que pudiera pasarles a esos gamberros sino porque me había demostrado que siempre hay alguien que no permitirá que las cosas sucedan sin más.

El pasado 29 de octubre se cumplió el trágico aniversario de la Dana en Valencia, en el que, oficialmente, murieron 229 almas (237 entre todas las comunidades afectadas). ¿Recuerdas el puente de la solidaridad? Cientos de personas, gente anónima y en su mayoría jóvenes, cruzaron con lo que tenían, sus manos y sus ganas. Querían ayudar a unos pueblos que se vieron abandonados por los que deberían haber estado allí: un presidente del gobierno que esperaba una respuesta, atascado en la absurda burocracia: “Si quieren ayuda que la pidan” y uno autonómico que se marchaba a comer en pleno desbordamiento del barranco del Poyo y que no fue capaz de tomar decisiones a tiempo por estar en “otros menesteres”. Mientras escribo esta carta, me llegan rumores de que algo se mueve en los asientos del gobierno valenciano. Ocurra lo que ocurra, estas medidas llegan muy tarde y no alivian el dolor lacerante de las víctimas, que exigen más. Ni olvido ni perdón.
El calor de una caricia.
A pesar de todo esto, todos los días, en las redes sociales, nos bombardean mensajes que tienen como objetivo que nosootros seamos nuestra prioridad, incluso aunque haya que ignorar las emociones de otra persona. Porque sentir da miedo, mostrar nos hace débiles, implicarse complica nuestra vida autómata. Recibir una caricia intimida, darla nos avergüenza. ¡Somos personas, carajo! No imágenes flotantes en una pantalla. ¿Hasta cuándo seguiremos pensando que sentir, emocionarse o implicarse es cosa de otros?
Me niego a caminar por la vida con temor a que me roce el viento y note que tengo frío.
Como escritora, aún lo tengo más claro. Siempre fue más fácil escribirlo que hablarlo. Quiero que mis letras reflejen el dolor que me desangra y espero conseguirlo con la historia que tengo entre manos, cargada de significados para mí y espero que llena de sentido para ti. Haremos visible lo invisible.
A aquellos que prefieren refugiarse en un disfraz de indiferencia, pensando que eso les hará inmune a todo, solo les deseo que, si alguna vez caen en la calle, lo hagan en el lugar adecuado.
Luca Montenegro.
Todo lo que empieza, acaba, también mi participación en La Charca Literaria. Necesito centrar mi energía en terminar la novela. Por eso, Luca Montenegro ha decidido jubilarse. Gracias a tod@s los que seguisteis las desventuras de este sicario tan especial. Llegó en un momento muy chulo de mi vida y supo hacerse un hueco entre mis teclas. Te debo un Dry Martini, amigo.
Puedes leer el final de su historia aquí.
Leer para comprender.
La recomendación literaria viene de la mano de un compañero, Marcos Paricio. Conseguí su novela hace dos años, en la feria del libro de Madrid y, como si la historia que esconde entre sus páginas lo supiera, la trama atrajo mi atención en el momento adecuado. Ha sido un placer leer este thriller policiaco, en el que todas las piezas de ajedrez están perfectamente colocadas y en el que he podido soltar alguna lagrimilla. Prefiero no contarte más porque te aseguro que lo vas a disfrutar.
Volvamos a emocionarnos.
La música tiene algo muy especial para mí, consigue unir espacios, romper silencios y crear momentos. Antonio Vega tenía un corazón tan frágil como auténtico y siempre me hacía (y me hace) vibrar. Disfruta de esta maravilla en directo.
Si septiembre fue un mes escalón, octubre ha sido un mes electrocardiograma, con subidas de tensión galopantes y alguna línea plana de decepción. Una radiografía interior que me une más a mi escritura y me aleja de ruidos externos.
Noviembre viene exigente y con varias citas en edificios fríos, aunque también podremos volver a encontrarnos en las ferias. La primera, este domingo 9 de noviembre en Paiporta, considerado zona cero del desastre. Un día que, seguro, no voy a olvidar. Como siempre, podrás consultar todas las fechas y horarios en mi página web.
Juega, emociónate, besa, abraza, escribe, salta al vacío, busca y reencuéntrate. Conéctate de nuevo con la vida.
Estos son mis horrocruxes, ¿te atreves a conocerme?
Vivir es urgente.
Seguimos soñando.
Andrea Nusán.




